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Cesar Pastor demuestra una sensibilidad especial para la cocina. Sus platos, por sencillos que sean, tienen chispa, una gracia natural, difícil de definir, que se esconde en la acertada elección productos de rigurosa temporada que mezcla con soltura en composiciones escasamente técnicas pero siempre atractivas. Pocos elementos le bastan a este cocinero autodidacto para lograr resultados vistosos y convincentes.
Imprescindible probar el steak tartar, especialidad de la casa cuyo aliño se mantiene en secreto. A la hora de elegir se puede optar por comer a la carta, solicitar el menú degustación o componer al gusto un surtido de medias raciones, solución intermedia y desenfadada, casi siempre acertada.
El estilo de cocina, próxima y apetecible, contrasta con el sofisticado marco donde tiene lugar la representación gastronómica. Una sala amplia, bien armada, con ciertos guiños teatrales, en la que el espacio entre las mesas resulta inusual. Este detalle, que no hay que pasar por alto, lo convierte en un restaurante idóneo para celebrar comidas de negocios o encuentros en pareja, situaciones que requieren de cierto aislamiento. El hábil trabajo del equipo de sala, pendiente, pero discreto, que atiende sin agobiar, contribuye a remarcar la sensación de intimidad.
Atención especial merece su carta de vinos, premiada en numerosas ocasiones por su envergadura y acierto a la hora de seleccionar las marcas. Contiene una amplio surtido de botellas de distintas zonas productoras tanto españolas como extranjeras y una extensa lista de vinos dulces. El final perfecto llega de la mano de los destilados premium, con los que presumen de preparar buenos cubalibres y gin-tonics.
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