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Su fachada es en sí misma una declaración de intenciones, pues rememora las de los viejos bistrós parisinos o las tradicionales casas de comidas madrileñas. Quienes traspasan la puerta saben que se enfrentan a una cocina con memoria y sustancia, en un enclave que ha conservado lo mejor de cada momento, actualizándolo convenientemente.
Sus platos clásicos, entre franceses y españoles, son fruto de las aportaciones de los distintos jefes de cocina que han desfilado por sus fogones: tres en veinticinco años. En la última etapa, Gonzalo de Salas, se ha ocupado de renovar la oferta adecuándola a los nuevos tiempos. Las croquetas, la terrina de foie gras o el crujiente de morcilla permanecen en carta, lo mismo que los huevos rotos, el arroz de convento, los callos o los platos de caza en temporada.
Al medio día lo más solicitado es la llamada “Pequeña carta” una selección de recetas de temporada con las que el comensal puede confeccionar a su gusto un menú de tres platos a precio fijo.
Por la noche el ambiente se vuelve más íntimo y cierto espíritu romántico envuelve sus coquetos comedores que evocan tiempos pasados. Pero El Chiscón es más que un restaurante, es punto de encuentro de amigos, centro de reunión y tertulia, un lugar con alma al que María, la propietaria ha sabido transmitir todas sus inquietudes, culturales y culinarias, dando lugar a decenas de jornadas, concursos literarios y gastronómicos y eventos de todo tipo.
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